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Monedas virtuales

¿Está Bitcoin vendiéndole el alma al estado?

[Tiempo de lectura: 6 minutos]

Esta pregunta o alguna variación similar me la han hecho repetidas veces muchos entusiastas de las monedas virtuales en los últimos meses.  Sucede que se está percibiendo a las leyes y reglamentos sobre servicios financieros aplicables a muchos operadores de monedas virtuales como atentados a las características distintivas que hacen a Bitcoin tan innovador y potencialmente disruptivo.

En primer lugar, la esperanza de total anonimidad se evaporó cuando el gobierno estableció que era aplicable a las monedas virtuales la obligación de establecer procedimientos de conocimiento del cliente en los puntos de conversión de la moneda.  En segundo lugar, la irrevocabilidad de las transacciones se vio comprometida por las obligaciones federales de protección al consumidor de retrasar la ejecución de los pagos y proveer cancelaciones y reembolsos.  ¿Es el turno de la privacidad financiera?

Uno de los atributos más salientes e innovadores de Bitcoin es que su cadena de bloques, la bitácora pública donde se registra la historia completa de cada transacción alguna vez realizada, es públicamente visible por cualquiera que cuente con las herramientas adecuadas.  Dada esta singular ventana hacia el contenido de sus billeteras virtuales, ¿no corren los usuarios de Bitcoin el riesgo de perder el derecho al uso privado de una moneda que el efectivo les brinda hoy?  Digo ‘corren el riesgo’ porque tal vez sea possible aún instrumentar alguna protección para evitar que esto suceda.

Una válvula de escape para la anonimidad

Quienes hoy disfrutamos de los muchos privilegios de la vida moderna tenemos acceso a cuentas de ahorro, crédito e inversión.  En otras palabras, estamos ‘bancarizados’.  Sin embargo, se puede argumentar que una vez que nuestros ingresos han sido depositados en esas cuentas, dejan de ser privados y, sobre todo, anónimos.  Cada empleado autorizado en cada una de las instituciones financieras que almacenan nuestros fondos sabe todo sobre nuestra vida financiera: cuánto dinero ganamos, cuánto entra y cuánto sale de nuestras cuentas, en qué comercios hacemos compras, qué productos compramos.  Lo mismo sucede con las plataformas sociales donde divulgamos sin pensar gran parte de nuestras vidas privadas.  Todos estos datos constituyen un tesoro oculto para especialistas en comercialización y riesgo a quienes les interesa, respectivamente, monetizar esos datos y evitar pérdidas o actividades criminales.

Al utilizar intermediaries financieros, elegimos renunciar a nuestra privacidad y anonimidad a cambio de beneficios percibidos tales como la seguridad, la conveniencia y la esperanza de que las instituciones financieras o empresas logren personalizar su oferta de servicios especialmente para cada uno de nosotros.  Aún más, nuestra información personal no-pública (como se la llama en la ley de EE.UU.), la cual en teoría está protegida por leyes federales pero sin que sea posible demostrarlo, es capturada y retenida por tantas instituciones financieras como decidamos utilizar, incluidos todos los sitios de internet donde alguna vez hayamos hecho alguna compra.

A pesar de esto, nos queda la opción de usar efectivo, un medio de pago completamente anónimo.  Aunque se lo considere inconveniente y anticuado, una vez que efectivo está en nuestros bolsillos, lejos de las pantallas de radar de nuestras instituciones financieras, nos da la total libertad de comprar lo que se nos ocurra de manera completamente anónima y sin dejar rastro alguno.  Tanta libertad nos da que hasta podemos utilizarlo con fines ilícitos o inmorales con total impunidad.  El efectivo es, entonces, una válvula que nos permite escapar de la vigilancia constante a la que estamos constantemente sometidos en la vida moderna.  Tal vez esa sea una de las razones por las que un estudio sobre el efectivo determinó que su uso se encuentra en aumento a nivel global.

“Bitcoin no es anónimo”

A mediados de 2011, un par de jóvenes técnicos irlandeses realizó el que quizás sea el primer análisis documentado de la cadena de bloques de Bitcoin.  Este estudio presenta el caso práctico de la investigación de un robo de 25.000 Bitcoins que sucedió en 2011 y demuestra que puede rastrearse el origen y terminación de todas las transacciones en nódulos y direcciones en común.  He aquí una representación gráfica de la billetera digital del ladrón y su conexión a otras fuentes y destinos:

2013-08-11 Bitcoin Thief Analysis 1

El estudio llegó a la conclusión de que un análisis pasivo de la bitácora pública de Bitcoin les permitió “desanonimizar significativas porciones de la red de Bitcoin”:

“Utilizando una representación apropiada de la red, es posible asociar muchas claves públicas entre sí y con información identificatoria externa.  […]  Servicios centralizados de gran capacidad como los son los de billeteras y cambio de moneda son capaces de identificar y rastrear porciones significativas de la actividad de los usuarios”.

Se han realizado otros estudios que respaldan esta conclusion y ya han comenzado a emerger servicios de minado de datos que explotan el acceso público a la cadena de bloques de Bitcoin.

¿Una bendición para el Estado Vigilador?

El hecho de que Bitcoin sea un sistema muy abierto y transparente difiere claramente de la afirmación de que “los bitcoins son invisibles a la ley y al fisco”.  Al contrario, la naturaleza abierta de la cadena de bloques de Bitcoin bien podría ser de gran beneficio para la ley y el fisco.

Esto nos devuelve a la pregunta del título, cuya respuesta afirmativa, después de la censura absoluta, es el segundo más importante temor de los cripto-emprendedores.  Según parece, las esperanzas idealistas abrigadas por los partidarios más recalcitrantes de Bitcoin, de que Bitcoin crearía un universo paralelo apolítico se están desplomando ante una realidad en la que las políticas públicas y las rezagadas leyes que la implementan exigen mayores niveles de penetración y control.  Y estas últimas, increíblemente, se hacen más fáciles gracias al mismísimo protocolo abierto.

El potencial de uso (y también abuso) del acceso irrestricto a la cadena de bloques por parte de actores tanto privados como públicos es real.  Alguien bromeó el otro día que los defensores del programa “Conciencia Total de la Información” (en inglés, Total Information Awareness) deben estar saboreando la posibilidad de acceder a la historia completa de las transacciones de Bitcoin.  Paradójicamente, esta ‘disruptiva’ tecnología  que enfrenta tantos desafíos regulatorios tal vez necesite algún tipo de regulación para proteger la privacidad de sus usuarios.  Parecería que las monedas virtuales van a necesitar al estado más de lo que inicialmente se creía y por razones diferentes.

La clave para mitigar el riesgo sistémico que los posibilidad de sobre-reglamentación (¿y ahora sub-reglamentación, tal vez?) de la plataforma digital estará en diferenciar claramente las múltiples facetas de la Bitcoin: como moneda, como activo, como mercancía, como medio de pago, como plataforma, como protocolo, y mantener un diálogo abierto con quienes diseñan políticas en el sector público, lo cual ya ha comenzado a suceder.  No vendría mal tampoco recabar la opinión de la ciudadanía en general.

[Esta entrada estuvo inspirada en el artículo “Why Some Payments Should Remain Anonymous” escrito por Marc Hochstein y publicado el 11 de febrero de 2013 en American Banker.

Invito a quienes aún no están familiarizados con los eventos de los últimos meses en materia de reglamentación en los EE.UU. a que visiten mi sección sobre Monedas virtuales, donde encontrarán análisis profundos y detallados de los casos más recientes, o a que busquen en internet noticias pertinentes.] 

Acerca de Juan Llanos

Innovative compliance, operations and technology executive leveraging emerging technologies, management and leadership best practices (and, above all, common sense!) to empower businesses and compliance professionals for success.

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